Experimentar la escritura hasta la última «coma» no te asustes si creías que todo relato acaba en punto final, la historia que aquí se relata rompe los estereotipos de la escritura en un ejercicio experimental que espero; les guste. Jan Mukarovsky decía algo así como que solo mediante la lectura el artefacto se activa, adquiere significación, se cumple y se convierte en obra de arte.

DÍA 1
Apretaste el gatillo… Tú, tú, tú. Le disparaste.
Maldita sea. Nadie tiene por qué entrar aquí y desbaratarlo todo. Es que no lo comprendo.
La familia Boulder no se había movido en toda la noche. Ni siquiera el viento pudo agitar alguno de sus cabellos porque todo estaba cerrado, hasta las ventanas. Cuando Silver bajó a beber agua, la vio tendida, con un cuerpo de delgada piel carmesí que se derramaba a lo largo del suelo. Y ahora todo estaba abierto, hasta las ventanas.
Ruby no tuvo que apartarse de su cama. No tuvo. Fue su culpa. Maldita sea. — dijo Lead como masticando las palabras con rabia.
No digas eso. Silver también bajó.
Silver miró a Wood, Wood miraba a Lead, Lead miraba a Silver. Wood solo sabía reproducir o intensificar los pensamientos de papá. Se dejaba prender por su juicio y ardía con su cólera, caviló Silver mientras consentía ser atravesado por la mirada cortante de su padre. Lead se acercó a la puerta principal y la cerró seis veces con llave, una para cada cerrojo. Luego se la ató al cuello. Como siempre.
Y nadie se moverá de aquí. ¿Está claro? — advirtió Lead.
¿Qué hacemos con Ruby? — dijo Silver.
¿Llamamos a la policía? — dijo Crystal desde lo alto de las escaleras con una voz entrecortada, cubriendo con los brazos a Pyrite, que se escondía entre los faldones de su camisón.
No. Nadie más entra en esta casa. Wood se encargará.
Wood siempre se ocupa. Wood siempre sigue las palabras de papá como si fueran huellas. Pero no se da cuenta de que son huecos, huecos que le despeñan hacia el abismo. Wood siempre.
No tardó en agarrar a Ruby por los tobillos. Fue dejando un rastro desagradable que llegaba hasta la cocina. Cubrió rápidamente los atrevidos rayos de sol que se colaban entre las cortinas. Lead dio un tirón a la cinta, y como si la persiana fuera una guillotina, amputó la escasa luz que había pretendido colarse en su casa. Pasarían días hasta que el olor y el color no recordaran a Ruby.
¿Por qué no llamamos a la policía? — insistió Crystal.
¿Conoces a alguno? — dijo Wood mientras volviendo al salón se limpiaba las manos con una bayeta. — No, ¿verdad?
Lead nos miraba. Y sabía qué estaba pensando. Acariciaba con sus ojos la cabecita de Wood por su acertada respuesta. (Las manos nunca. Tenía que medir la distancia). No. No conozco a ningún policía, pero lo cierto es que ese no es el problema, sino que llamar a uno supondría un gasto adicional, y eso a papá no le gusta. Por eso acariciaba la cabecita de Wood. Por eso nos miraba. Sabía qué estaba pensando.
No te aprietes tanto esa llave. No nos vamos a escapar, descuida — dijo Silver.
Lead acercó la mano a su cuello, donde notó una marca que cruzaba el lado izquierdo, e inmediatamente, como quitándole importancia, señaló con el dedo índice los dormitorios. Quería que todos volvieran sobre sus pasos y se hundieran en el sueño de siempre. Que corrieran el tupido velo de las sábanas, para borrar las pisadas de un camino que descendía más y más, hacia una pesadilla que Wood ya había espantado con un poco de agua y un paño. Como cualquier delirio nocturno. El recuerdo del carmesí de Ruby esparcido en el suelo ya no sería más que la estela difuminada de un sueño que se desvanecería con el amanecer.
Lo cierto es que no fue así. Aquel incidente avivó una chispa que no tardaría en encender a cada uno de los miembros de la familia Boulder haciéndoles despertar de un pasado medido por el ritmo de los silencios, del vacío que espera llenarse para que revienten los acordes que tensados llevan tiempo queriendo sonar.
¿Quién crees que puede haber sido? — susurró Silver desde el otro lado de la habitación.
Shh. Vas a despertar a Pyrite — respondió Crystal.
¿Qué más da? Lleva mucho tiempo dormido. No hace otra cosa.
Como todos.
Wood estaba enterrado en su colchón, observando la sombra de una rama que dejaba la luz de la noche en el techo. No podía quitarse de encima el olor de Ruby, su color, su cuerpo, sus tobillos… Siguen ahí, fríos, inertes, ateridos, como abandonados al movimiento de dos manos que los arrojan a una tumba anónima, invisible. Y la rama se mueve por la habitación, se balancea violenta, arrugándose y desplegándose como queriendo empuñar algo, y de pronto se descuelga del techo, como una araña que retuerce sus garras mientras acecha a su presa, hasta que finalmente, a unos centímetros de la sábana, me agarra de las piernas y se hunde conmigo en la cama. Wood no podía quitarse de encima el olor de Ruby, su color, su cuerpo, sus tobillos…
DÍA 2
Por la mañana, cuando el sol intentó filtrarse otra vez por alguna estría de la casa, Pyrite ya estaba despierto. Soñó que una vaca mugía. Primero lo hacía flojito, parecía un susurro tartamudo que se cortaba con pequeños quejidos. Luego llegó a elevar tanto su voz que por poco me desvela. Desde luego Silver y Crystal la oyeron. Silver y Crystal están preocupados. Ahora por las noches duermen juntos. Tienen miedo de que Ruby no vuelva. Pero ella va a volver. La otra noche estaba pálida y su color se había esparcido por el parquet. Tenemos un suelo así como de madera. Yo juego allí. Me gusta mi nombre porque cuando me llaman me siento como un pirata. Ruby también juega allí a veces, al escondite; puede caminar hasta la puerta sin que nadie le oiga. Pero ella va a volver. La vaca estaba allí, encima, mugiendo.
Deberíamos llamar a la policía.
Lead se estaba tomando el café. Hizo oídos sordos a la reiterada propuesta de Crystal. ¿De qué servía? Acusarían a alguien de la familia, tardarían meses, quizá años, en encontrar al culpable, y una vez delante, sería inútil dispararle porque una bala en su carne jamás resucitaría el cuerpo de Ruby. ¡Qué tontería! Jamás la encontrarían. Y si lo hicieran (no, no podrían), una bala nunca llegaría a rozar siquiera su piel. Se evaporaría tan pronto como pretendiera salir de esta casa. Y podría entrar de nuevo por esa puerta, claro que podría, y entonces dispararía. Volverá, una y otra vez. Además, un detective cuesta dinero.
La cocina empieza a oler.
La llevaremos al garaje. No lo empleamos nunca. Ahí estará bien.
Los diminutos ojos de Lead se levantaron como flechas sobre el borde de la taza, apuntando a la diana de siempre. Aquello fue suficiente para que Wood, con las manos en los bolsillos, y traspasado por la punta de un filo de metal, dirigiera sus pasos, orientados por una pluma que hacía las veces de timón, hacia la cocina.
¿Quieres que te acompañe, Wood? — preguntó Silver.
Puedo solo.
Las manos le pesaban en los bolsillos. Los bolsillos cedían y caían, y sus manos se alargaban hasta tocar el suelo, un suelo contaminado por unos dedos que trazaron una senda manchada bajo un cuerpo inmaculado.
Es inútil. Está claro que volverá. Es inútil — murmuraba Lead todavía escondido detrás del tazón — Que me ahorquen si miento. Fue su culpa. Maldita sea.
Silver, consumido por el collado de cenizas en que se había transformado Wood, abandonó el salón y subió a su habitación, mientras Crystal pulsaba en su mente el número invisible de la oficina de policía y esperaba a que llegaran: entonces abrían la puerta y la rigidez del hogar, sí, del dulce hogar, estallaba hacia fuera.
El hedor que ya se había instalado en el garaje, no tardó en trepar hasta el salón. Crystal y Pyrite huyeron a sus dormitorios, incapaces de respirar la memoria de una Ruby demacrada. Lead seguía allí, mascullando detrás de una trinchera con forma de taza de café. Y la columna de olor, tirando de algo sumergido en las profundidades de la casa, sacó a flote a Wood, como una enredadera que se envolvía en sus pies y de la que él no podría despojarse por mucho tiempo. Lead observó cómo los brazos se caían de su torso, cómo unas ojeras incipientes se descolgaban de su cara y cómo, sin embargo, sus tobillos se mantenían firmes, esperando a que nuevas indicaciones apretaran las riendas que se enrollaban por debajo de sus rodillas, para cumplirlas sin devaneos, expectante a un “¡arre!” que movilizaría su cuerpo de inmediato.
Esa misma noche Pyrite soñó que Wood era un caballo. Un caballo que se hundía dentro de una ciénaga rodeada de losas que se estrechaban, y que antes de que su hocico se zambullera y desapareciera con el lodo, unas bridas se ataban a sus piernas y le salvaban con la condición de que las siguiera siempre. Y mientras tanto, la vaca continuaba mugiendo arriba, en la colina.
¿Quién crees que ha podido ser? — susurró Silver ladeado hacia Crystal.
Nadie.
Tienes razón — dijo mientras enderezaba su cuerpo de cara al techo.
Vas a despertar a Pyrite.
¿Qué más da?
Tienes razón — Crystal se apartó la sábana — ¿Sabes? A mí me gusta que esto pase. Al fin hay algo… que nos hace hablar, supongo.
Que hace hablar a los demás, querrás decir.
¿A quién? Yo no conozco a nadie.
Tienes razón.
Y Wood seguía sepultado en su colchón, esperando a que amaneciera para deshacerse de la tela de araña que enredaba sus pensamientos hasta atraparlos como en una red y arrastrarlos a un mar sin fondo, de donde no podía escapar. La agitaba, la sacudía, la golpeaba, le daba patadas, pero la sábana solo le ahogaba cada vez más. Y entonces recordaba las bridas que volverían cuando saliera el sol, y que eran su consuelo. Un consuelo difícil de entender, pero consuelo al fin y al cabo. La red de remordimiento se desvanecería cuando aquellas riendas le interceptaran de nuevo y se adueñaran de sus pasos. Y la luna grabó en la pared el contorno de una cama inundada en mantas que subían y bajaban engullendo un cuerpo del que solo se atisbaban unos pies nerviosos e indefensos.
Ni se te ocurra, Silver, por Dios.
Nunca he conocido a nadie más que a ti. Estoy muy solo. Déjame.
Ni la vas a conocer. Debes quedarte aquí. Siempre.
Por eso. Déjame.
No. Salgamos.
¿Estás loca?
Allí fuera. No creo que sea tan difícil.
Yo lo vi, desde las siluetas que deja la luna en la pared, con sus temblores y sus murmullos y sus mugidos, pero Crystal me dijo que no lo contara, que sería un secreto, como los que guardan los piratas en silencio para ser los primeros en encontrar el cofre del tesoro. El mío sería chocolate. Un cofre repleto de chocolate. Pero la vaca ahora me daba miedo.
DÍA 3
Lead estaba sentado. Continuaba pegado a un café ya frío que chocaba en sus labios. Se acercaba y alejaba de su boca sin llegar a tocarle el ápice de la lengua. Creaba olas a su antojo. Aquel vaivén era el único movimiento que había perdurado en Lead desde hacía días. Y de pronto vio allí a Wood, naufragando entre la marejada de la taza. Entonces quiso ponerle fin al tsunami que sin querer él solo había provocado y se bebió el contenido de un trago.
Papá. ¿Ruby volverá? — dijo Pyrite, frotándose los ojos, y con el pijama todavía puesto.
Claro. Siempre vuelve.
¿Por qué está en el garaje? Yo quiero jugar con ella.
Porque ahora tiene que estar allí. Cuando esto acabe y llegue el momento, Ruby volverá, pero él… o ella, entrará por esa puerta y… Que me ahorquen si miento. Fue su culpa. Maldita sea — dijo desuniéndose de un tirón de la taza.
Wood no ha salido de su cama. Está como enterrado en una pesadilla de la que no puede despertar. También quiero jugar con él. Crystal y Silver se han convertido en la vaca de la colina y solo mugen. También quiero jugar con ellos. Papá murmura y maldice. Maldice mucho. También quiero jugar con él. Nadie me hace caso. Y Ruby escala todos los días hasta casa. También quiero jugar con ella, pero el olor es muy fuerte, y a veces tenemos que dejarlo porque me dan arcadas.
Papá tiene una marca en el cuello porque se aprieta mucho la llave y cuando se la intentan quitar, le estruja todavía más y parece una soga. Pero yo sé que no fue su culpa. La puerta ya estaba de par en par. Papá se la cerró y claro, ella quiso volver a abrirla.
DÍA 4
La casa de los Boulder fue recuperando su sosiego habitual a medida que la agitación del ambiente se iba sedimentando hasta formar una nueva capa de la superficie. Las luces del salón estaban apagadas para evitar algún tintineo espontáneo que pudiera perturbar la calma. Las sillas, perfectamente colocadas alrededor de la mesa, los muebles en tensión como aguantando la respiración para contener cualquier crujido, y los dormitorios amordazados por el vacío, a excepción del único bisbiseo del aire que expulsa el descanso como rastro que queda del sueño, recordaban a una casita de porcelana. Solo a un lado de la penumbra, sobre un taburete enjuto, estaba Lead, sosteniendo los silencios con el mango de una taza de café. Apenas se apreciaba su figura, formaba parte del contorno de la noche y de la casa.
No obstante, sus dedos, suavemente, abandonaron el tazón en la mesa, tratando de no quebrar los compases mudos de aquella preciosa pieza musical, y se introdujeron por detrás del cordel que estaba atado a su cuello. Lo notaba algo ajustado, más ceñido de lo normal. Tiró de él, intentando aflojarlo. Desplazó sus yemas de izquierda a derecha, buscando un hueco donde su garganta pudiera coger aire, pero solo se estrechaba y el oxígeno se daba de bruces contra un esófago apretado. Lead se levantó del taburete. Jadeando en silencio y agarrándose a las paredes, se dirigió a las escaleras. Con una mano en la barandilla y la otra metida entre la cuerda y el cuello, fue bajando despacio hacia el garaje, procurando no tropezar. Los escalones estaban borrosos y la baranda parecía inestable, como a punto de ondularse en una línea de humo que le retiraría la mano. Trató de aferrarse a ella porque todo le daba vueltas y se levantaba ante él con formas colosales que le hacían sentir inmensamente pequeño, y bajo sus pies solo percibía un final agujereado que le arrojaba al principio de todo. El pasamanos se apartó de su palma y una sacudida en el pecho fue lo más cerca que estuvo de desplomarse, porque el último escalón le empujó a pisar suelo firme. Una vez abajo, un olor a podrido invadió sus fosas nasales y tosió, y volvió a toser, y al hacerlo varias veces, una arcada le subió desde el estómago a la garganta, pero se quedó allí, apretada por la cuerda. A pesar de la asfixia y el malestar que le producían la soga y el vómito, solo se centró en caminar. El garaje se tambaleaba de izquierda a derecha, como un balancín de esos en los que se columpia Pyrite, pero Lead encontró un punto fijo, justo en el centro, que siguió de inmediato. Se arrodilló ante él, y como si al fin se hubiera bajado del columpio, todo se detuvo. Allí estaba ella, irreconocible. Había perdido el color rojizo-rebelde que siempre latió bajo su piel para conformarse con un blanco amarillento que menguaba junto a su carne, dejando al desnudo unas uñas más largas y unas párpados hundidos en dos grandes cuencas oscuras.
Claro que no fuiste tú. No, no, no, no. Cariño. No — dijo mientras acariciaba un cabello reseco por el tiempo — Fue esa maldita puerta. ¡Ahora sí! ¡Que me ahorquen si miento!
Lead volvió a meterse los dedos, temblorosos, por debajo de la soga, estirándola, y su cuello se iba volviendo morado. La llave vibraba con insistencia.
Como cada vez que la abren esto se repite, no puedo hacer otra cosa… otra cosa que colocar esa dichosa frase en el felpudo, ¡porque es su culpa!, para que se den media vuelta y la cierren. ¡Nadie tiene por qué entrar aquí y desbaratarlo todo! Es que no… — tosió con brusquedad mientras sus dedos se quedaban encerrados bajo la cuerda —… no lo comprendo. ¡Curiosos que fisgonean en cada línea de esta casa! ¡Fuera todos! Pero no, pisotean el felpudo y entran. ¡En mi casa! Entran y apuntas, porque ella intenta salir, claro. No lo permito. Tiene que quedarse aquí, confinada en la belleza del silencio y la calma. Como todos. Sin embargo no te hace caso y se agarra a la llave… — la empuñó con la otra mano, ya agarrotada — ¡…a esta llave!, como a un clavo ardiendo. Disparas una y otra vez porque… te asfixia. Pero entonces acaba en el suelo, muerta. Y esto… mi vida… nuestro silencio… estalla y acaba por convertirse en una vulgar novela negra que tú…, sí, tú, ¡escúchame!, lees cómodamente desde tu opulencia. ¡Ja! ¡Ya está bien! Y ella está allí, atravesada por unas balas que no son mías… y todo… todo vuelve a comenzar. Una y otra vez. ¿Te das cuenta? Maldita sea. ¡Que me ahorquen si mien…!
DÍA 1
Lead agarró la pistola y.
Apretaste el gatillo… Tú, tú, tú. Le disparaste

 

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