El siguiente relato breve de Alejandro Candela Rodríguez fue publicado el 29 de julio de 2011 en Visto y no visto de Antonio Muñoz Molina. La redacción de Anzuelo de letras y su autor han decidido recuperarlo hoy, seis años y un día después, para celebrar la festividad de Saint Hawking, santo patrón de las cosas que caben en una cáscara de nuez (que cae en 8 de enero pero nunca es tarde).

 

22 de febrero de 1990.
Diego Sánchez Maldonado nace en Madrid, en el pequeño apartamento de sus padres. El señor Sánchez, resignado ante la tardanza de la ambulancia, asiste el parto. El niño viene al mundo veloz y sin complicaciones, motivo de satisfacción para su primeriza madre.

22 de febrero de 1994.
Antes de ir a la guardería a buscar a Diego, la madre se detiene en una pastelería a comprar una tarta para el niño de sus ojos. Nata con fresas, chocolate, chocolate y nata, crema, vainilla, almendras y nueces. Al final la decisión queda entre la tarta de almendras caramelizadas, que huele tan bien, y la de chocolate, demasiada empalagosa a la vista como para dejarla pasar. ¿Ha probado Diego las almendras? No está segura, pero al crío, como a ella, le pirra la nata.
Sea el pastel de merengue.

1 de noviembre de 1997.
Diego muerde con avaricia su bocadillo de jamón en el recreo. El niño no mastica; prácticamente engulle la comida cual ave piscívora. “Te vas a ahogar”, le dice Roberto, su amigo con el que juega a Doc y Marty. Diego hace oídos sordos y pega otra dentellada.
Entonces Roberto saca un paquete de pistachos y lo abre. “Mi mamá no me deja comerlas. Dice que engordan y que no quiere que engorde. Pero a mí me gustan. Están ricas. Y mi abuela me esconde un paquete en la mochila todas las mañanas sin que mi mamá se entere”. “¿Puedo probarlas?”, pregunta Diego. “Sí, toma coge”.
Diego deja su bocadillo en el regazo y tiende la mano.
“¡Diego! ¡Partido! ¡Partido!”, grita Alfredo.
Diego gira la cabeza y ve a su otro amigo, el feo de la clase, llamándolo. Al fondo los demás niños han construido unas rudimentarias porterías con sus chalecos y juegan con una pelota.
“¿Quién os ha dado el balón?”.
“¡El profe!”
Así, Diego sale escopetado hacia el improvisado campo de fútbol, dejando a Roberto con sus pistachos.

26 de diciembre de 2001.
Suenan villancicos. Las calles a rebosar de personas con bolsas y bolsas llenas de regalos. Diego pasea con su madre por las calles del centro, buscando una nueva corbata que papá mirará con fingida sorpresa el próximo 6 de enero, cuando de pronto un poderoso y suculento olor le golpea la pituitaria. Pregunta a mamá qué es lo que huele tan bien y ella le señala un carrito blanco desconchado, con una especie de chimenea por donde sale humo blanco. Un gitano remueve el contenido de una olla puesta al fuego y rellena unos cucuruchos de papel con algo.
Vuelve a preguntar qué es eso y su madre le responde: “Castañas asadas”.
El niño no sabe lo que es, pero tiene claro una cosa. Las quiere probar. Las probará.
“Quiero castañas, mamá”.
“No, hoy no”.
“Quiero castañas”.
“Que te he dicho que no”.
“Pero yo quiero comer castañas”.
“Otro día”.
Diego mira el gesto maternal y entiende que su progenitora ha tomado una decisión. No habrá castañas ese día. Entonces el niño toma venganza y empieza a llorar. Llanto, pataleo, penas de la vida. La gente mira. Mamá pasa vergüenza.
“Ya eres mayor para esto”.
Ahora es Diego quien pasa vergüenza.

5 de mayo de 2004.
Un nutricionista ha ido al instituto a dar una charla sobre alimentación. Al parecer, la obesidad es la pandemia de la Era Moderna y hay que ponerle fin. Diego piensa que esa es una de las mayores gilipolleces que ha oído en su corta vida y deja de prestar atención al conferenciante, que acaba de iniciar una presentación en PowerPoint. Saca su móvil y se pone a mandar sms a sus colegas que se sientan en zonas diferentes del salón de actos.
Rubén, el profesor de Ciencias Sociales, le descubre y le pide el teléfono. Diego se niega, pero Rubén se impone y se lo quita. “Te lo devolveré al final de la mañana”.
Aburrido, a Diego no le queda otra que buscar entretenimiento en la charla. Ahora ve unas gráficas sobre lo que está bien comer y lo que no. Ahora fotos de campos de cebada. De campos de trigo. De campos de arroz. Un saco de avellanas.
Avellanas.
Diego se da cuenta que jamás en su vida ha comido avellanas. De hecho, jamás ha comido ningún fruto seco, de ninguna clase. Tiene 14 años y nunca ha probado un mísero cacahuete.
El muchacho piensa que eso es todo un record y se siente tan orgulloso que decide convertirlo en una marca de su personalidad. “Hola, soy Diego, y jamás he comido ni comeré frutos secos. No es una absurda decisión adolescente. Es que soy así de original”.

12 de julio de 2008.
Sale del cine con Miriam. Acaban de ver Hero, de Zhang Yimou.
A ella le pirra todo lo oriental. Manga, anime, tamagochis… Le pregunta a Diego si le ha gustado la película y él responde que sí, que bastante más que Tigre y Dragón, pero que aun así no es su estilo de peli. Ella pregunta a qué se refiere y él contesta que ni idea; sabe que estas películas son como un cuento, pero a él últimamente le apetece ver cosas que mantengan un poquito los pies en la tierra.
Mientras el muchacho habla de lo que le apasiona el cine negro, Miriam abre un paquete de pipas y empieza a comer.
L.A. Confidential es, posiblemente, mi película favorita”, dice Diego.
“Ahá… ¿Quieres pipas?”.
“Oh, no gracias. No como frutos secos”.
“¿Y eso? ¿Eres alérgico?”
“No, no es eso… Es así como… Una manía”.
“No te entiendo”.
“Un día descubrí que no había comido frutos secos y decidí mantenerlo así”.
Ella le mira a los ojos, divertida.
“Ven”, dice, y le besa.
Un beso muy suave. Miriam se afloja, el paquete se le cae de las manos y las pipas acaban desparramadas por el suelo.

16 de diciembre de 2010.
Menú de la cena de empresa.
Entrantes: Pan con Salmorejo y Jamón, Chacinas Varias.
Primer Plato: Sopa de Marisco.
Segundo Plato: Solomillo de Cerdo al Whisky.
Postre: Pudin de Nueces
Normalmente Diego no es muy fan de las comidas multitudinarias y los menús en mayúsculas, pero se lleva muy bien con sus compañeros de la Fnac y hoy se lo está pasando fenomenal. Hace un par de semanas que ha roto con Miriam y no ha salido de casa desde entonces, así que recibe el cambio de aires con bastante entusiasmo.
Pide al camarero que, si es tan amable, le traiga un palillo de dientes; se le ha quedado un trozo de solomillo entre dos muelas y le está molestando mucho. Después devuelve su atención al surtido de chistes de Manu.
“Gritó el capitán: ¡Abordad el barco! Y el barco quedó monísimo”.
Mientras ríen la ocurrencia, el camarero trae un botecito con palillos y la primera tanda de postres.
“Tome”, le dice a Diego. “Ahora le traigo a usted su pudin”.
Los demás no esperan y empiezan a comer.
“Madre de dios, esto está buenísimo”, dicen.
En ese momento Diego se replantea su vida. Pudin de Nueces. Fruto seco. Ya es hora.
20 años. Universitario. Trabajador. Doliendo su primera ruptura. Ya es todo un hombre. Ya es hora.
El pudin es puesto ante él. Coge la cucharilla y sonríe. Ataca. Se mete el primer pedacito en la boca.
Su cerebro dice “Mmm… Glorioso”.
Y al tragar, su cuerpo dice “¿Eh?”.
Diego cae, muerto, sobre el pudin, sin saber que ha sufrido un fatal shock anafiláctico debido a una potente alergia a los frutos secos.

 

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