«Había en uno de los planetas que giran en torno de la estrella llamada Sirio, un mozo de mucho talento, a quien tuve la honra de conocer en el postrer viaje que hizo a nuestro mezquino hormiguero. Era su nombre Micromegas. Tenía ocho leguas de alto, quiero decir, veinticuatro mil pasos geométricos de cinco pies cada uno».

Cualquiera podría asociar rápidamente ese pasaje con el inicio de cualquier novela de viajes en el espacio del siglo XX, al modo de Robert Heinlein o Isaac Asimov. Por desgracia, un inicio como este será algo aún brusco y áspero para el común de la recepción literaria en nuestro país, que fagocita novelas históricas y policíacas con la misma facilidad que los engranajes del sistema editorial muestran para, primero producirlas en masa, y luego exponerlas como producto en las mesas de novedades literarias de las grandes superficies cuyos nombres todos conocemos. Porque todavía publicar ciencia-ficción en España sigue siguiendo un oficio más épico que noble. Es por esto por lo que cada día se importan, inventan y recuperan etiquetas ambiguas y eufónicas –tecnothriller o greenpunk, algunas de ellas– para camuflar unos prejuicios que, todo hay que decirlo, se van suavizando pese al inmovilismo legado por nuestra tradición eminentemente realista desde que el libro fue libro. Porque no olvidemos que mientras nuestro Cid Campeador masacraba moros y promovía valores cristianos, en el norte de Europa un tal Beowulf andaba desmembrando ogros sin preocuparse demasiado por si hacía más o menos apología del paganismo. Pero volvamos a Micromegas. ¿Y si le digo a quien esté pasando sus ojos por estas líneas, que data de mediados del siglo XVIII? ¿Y si añado que su autor es un intelectual tan respetado como Voltaire? Así comienza un cuento, aparecido en 1752, del filósofo francés. Desmontemos mitos. Porque la ciencia-ficción quizás sea el género más antiguo de todos, y a pesar de ello, posiblemente sea el más despreciado en España.Apri

La génesis de la ciencia ficción surge en la obsesión innata del ser humano por querer ver la realidad a nuestro modo cuando realmente hay que aceptarla tal y como es. El término lo inventaría Hugo Gernsback (1884-1967), un editor de revistas pulp meramente comerciales, aunque ya lo vio Aristóteles en su Poética, cuando defendió el teatro como un tipo de conocimiento que trabaja lo que podría haber sido y no lo que fue:

La función del poeta no es narrar lo que ha sucedido, sino lo que podría suceder, y lo posible, conforme a lo verosímil y necesario. Pues el historiador y el poeta no difieren por contar las cosas en verso o en prosa […]. La diferencia estriba en que uno narra lo que ha sucedido, y el otro lo que podría suceder.

Esta mirada, con la ayuda del existencialismo, trajo consigo la contemplación del ser humano como un pequeño ser sin apenas importancia en lo vasto del universo. Teorías como la del Big Bang, la física cuántica, los agujeros negros… se veían confirmadas por los descubrimientos que iban aportando nuevos telescopios. De repente no éramos los hijos privilegiados de Dios, sino simples inquilinos de un espacio inconmensurable. Todo ello le dio un nuevo sentido al concepto de lo sublime que había venido flotando por Europa con el Pseudo-Longino, Kant, Burke… Esa idea de que debemos trascender nuestra materialidad para alcanzar emociones que nos hagan sentir la inmensidad de la existencia. Y de ahí la fascinación por los viajes entre las estrellas. Desde entonces, la ciencia-ficción ha sufrido muchas grandes falacias. La más extendida quizás sea su concepción como «literatura sobre el futuro», una inexactitud que despista. Este género no pretende profetizar nada, no anuncia lo que va a venir, no es adivino y tampoco pretende serlo. Tampoco es un simple juego de adivinanzas sobre lo que puede llegar. El futuro es empleado en estas obras como un mero recurso narrativo, como una metáfora, como un símbolo, como una proyección de conflictos del presente. La ciencia-ficción es el género de nuestro tiempo: Es aquí donde late el nuevo concepto del ser humano y del universo, sin duda. No es extraño pensar eso siendo tan amplio y abarcador el género, porque no existen elementos temáticos o formales que lo delimiten. Lo único que comparten y quizás sea lo que entronca a esta especie literaria tan peculiar es que siempre aparece un «algo» que escapa a nuestra experiencia cotidiana e inmediata y que, aunque no sea científicamente posible en el momento de la escritura (por ejemplo: anarquistas que bombardean ciudades desde barcos voladores en 1895 [Los forajidos del aire; George Griffith]), es científicamente «asumible». Es decir, la obra posee una verosimilitud científica, lo que en la jerga retórica se conoce como “nóvum”. Y aquí radica la aportación más útil y práctica, lo que esta prolífica literatura más logra estimularnos. Alimenta nuestras ganas de descubrir tecnologías que aún están por llegar: El submarino de Isaac Peral era un calco del Nautilus de Julio Verne; de brazos mecánicos ya hablaba Robert Heinlein en Waldo (1942) y el primero no se inventaría hasta 1945. Douglas Adams en La guía del autoestopista intergaláctico (1979) ya hablaba de tablets con libros indexados y el primer Data Discman de Sony que almacenaba libros en CDs y disponía de un visor para su lectura llegaría en 1992. El mundo liberado inspiró a Leo Szilard para desarrollar las bases de la bomba atómica, en 1932, cuando H.G. Wells ya las hubo bautizado en esta obra semidesconocida de 1914.

No se permita dejar este mundo sin haber leído una sola novela de ciencia-ficción, de buena ciencia-ficción, porque también hay mala, como en todo. No se niegue a una sacudida de chisporroteante imaginación con los relatos de Paolo Bacigalupi, de quedar perturbado con futuros violentos y represivos como los de Farenheit 451, Un mundo feliz o 1984; de asombrarse con la magnificencia de una robótica que cada lustro se hace menos hipotética y más tangible en Yo, robot; de fascinarse con planetas pensantes que le dan a uno aquello que más desea como hace Solaris; de asistir a un ejemplo de lo que consiste ser, a todos los efectos, una deidad compleja cuando se escribe una novela, que es lo que Frank Herbert se propuso al crear todo el ecosistema de ese mundo llamado Dune.

No se reduzca a la posibilidad de no llegar nunca a explorar sus propios confines morales e intelectuales. Porque sin duda, autores que sí respetará si usted siente más apego por la vertiente realista y tradicional, como Miguel de Unamuno, Azorín, Pío Baroja o Ángel Ganivet sí se atrevieron y cultivaron –aunque escuetamente– el género. Pero de ciencia ficción española hablaremos en otro artículo.

No ocultemos la evidencia: La ciencia-ficción quizás sea, en literatura, la forma más pérfida de evasión autoconsciente. Pero tampoco neguemos otra: Renunciar al poder más pleno y perceptible de la imaginación literaria es una alternativa mucho peor.

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